EL ACTOR Y CANTANTE LOUIS-RONAN CHOISY EN MIX CINETECA: VIERNES 13 EN CINETECA NACIONAL



Muchas veces el cine gay ha sido arrinconado a una forma de entretenimiento popular que significa una historia comercial travestida bajo la fórmula del guy meets guy generalmente sostenida por actores guapos, desnudez y situaciones sentimentales que acompañan a un género fílmico en particular. Son pocas las que consiguen trascender a estos compromisos con la taquilla, pero algunos lo logran: pienso en Edge of seventeen, Dorian´s blues, Garçon Estupide e incluso Another Gay Movie. Pero la mayoría fracasa miserablemente respondiendo puntualmente a las expectativas de sus productores pero dejando frío al público y a la película en el rápido olvido.

También esa es la razón por la que algunos cineastas que tocan el tema de la homosexualidad o hacen tramas con personajes homosexuales, temen que su película sea encasillada así. Pero existe un cineasta francés abiertamente gay (ganador del Teddy Award por su adaptación cinematográfica de la fassbinderiana Gotas de agua sobre piedras candentes) que ha hecho de su estilo un enfrentarse y romper continuamente lo que se espera de él. Es François Ozon, quien ha hecho de su oficio algo gozoso que transmite y comunica de manera exitosa con un público cinéfilo numeroso gay y no gay.

Si bien puede ser frívolo y amanerado como en su musical 8 mujeres–protagonizado por las actrices más importantes del cine francés de manera transgeneracional-, también puede buscar un grado de misticismo frustrado como en Ricky, hacer thrillers efectivos como Mira el mar y Swimming pool y elegantes tragicomedias sexuales con clara influencia de Rohmer como en 5×2 o Vestido de verano.

En la última década se ha dedicado también a hablar sobre la pérdida, el luto y el duelo y ha creado tres piezas fundamentales (innegables Cuentos Morales rohmerianos) con actuaciones soberbias: en Bajo la arena, con la que revivió la carrera de Charlotte Rampling, se daba a la negación en la que vive una mujer cuyo esposo ha desaparecido (el mismo tema de la mexicana La hija del caníbal a años luz de la eficacia formal y filosófica del director francés); en Tiempo de vivir la condena a muerte por enfermedad de un fotógrafo (Melvil Poupaud) se torna en una serie de abandonos que le llevan a encontrar un posible modo de trascendencia (vea el fantástico final homenajeando la Muerte en Venecia viscontiana).


Completando la trilogía se encuentra El refugio, pieza exquisita sobre un duelo sui generis que contiene en sí mismo de manera paradójica el nacimiento de un bebé, un cuestionamientos sobre el supuesto instinto materno, una observación satírica a la lucha contra las drogas y una observación a las razones plausibles de la homoparentalidad, todo ello en una historia sobre la poliformidad del deseo y un durísimo –tan seco como hermoso- recuento sobre los dos amores imposibles de una mujer contemporánea en busca de sí misma, que navega en las playas fotografiadas antes de manera etérea por un eterno Almendros para encontrarse un personaje rohmeriano (Marie Riviere) quien la insta a enfrentarse con el dolor; que se contagia de erotismo en una discoteca gay a la que asiste con su cuñado; y que busca sus propias consecuencias en un acto de libertad que impactará no sólo a Sandoval íñiguez. Una obra de arte con impresionantes actuaciones de Isabelle Carré, el mencionado Poupaud y el cantante Louis Ronan-Choisy, una presencia cinematográfica impactante.

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